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Información para epacientes de cáncer de mama

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Los anticuerpos conjugados (ADC) son  unos bio-fármacos  que se infiltran en las células cancerosas para destruirlas. Representan una innovadora combinación de quimioterapia y terapia dirigida (conjugados fármaco-anticuerpo), ya que su administración y mecanismo de acción son similares a los de la quimioterapia; sin embargo, en lugar de atacar células de manera indiscriminada, actúan de forma mas específica sobre las células cancerosas, como ocurre en la terapia dirigida.

Los ADC se han consolidado en los últimos años como una opción terapéutica clave en el cáncer de mama avanzado, y en algunos subtipos ya se consideran parte del estándar de tratamiento después de agotar las primeras líneas.

 

¿Como funcionan?

El cáncer aparece cuando ciertas células dejan de funcionar de manera normal y comienzan a multiplicarse sin control, invadiendo otros tejidos y/u órganos impidiendo así su funcionamiento.

Estas células tumorales suelen mostrar en su superficie moléculas (receptores) en cantidades anormales. Esos receptores actúan como una “cerradura” propia del tumor. Si se diseña una “llave” que encaje sólo en esa cerradura, es posible atacar principalmente a las células malignas y dañar menos a las sanas, esto hace que los tratamientos dejen menos efectos adversos en los pacientes.

La quimioterapia general actúa viajando por todo el organismo y destruyendo las células que se dividen rápidamente; eso incluye el tumor, pero también el pelo, la médula ósea y la mucosa digestiva. En la práctica, es como arrancar todo un jardín para eliminar unas pocas malas hierbas. La historia de los ADC narra cómo la oncología pasó de ese enfoque de tratamiento a uno más dirigido.

 

La investigación que hay detrás de los fármacos ADC

En 1975, Georges Köhler y César Milstein desarrollaron la técnica para fabricar anticuerpos monoclonales. Un anticuerpo es una proteína del sistema inmune que reconoce un objetivo concreto. “Monoclonal” significa que se pueden producir copias idénticas del mismo anticuerpo, todas con el mismo objetivo. Sin este avance inicial, las terapias dirigidas actuales no existirían [1].

En los años 80 se aprobó el primer medicamento basado en estos anticuerpos. Fue útil, pero reveló una limitación: muchos de esos primeros anticuerpos procedían de ratón, y el cuerpo humano los detectaba como extraños y los destruía, a veces con reacciones similares a alergias graves [2]. 

En los años 90, este obstáculo se afrontó mediante ingeniería de proteínas. Se desarrollaron anticuerpos quiméricos (obtenidos de animales) y, posteriormente, anticuerpos humanizados. Estos conservaban la parte encargada de reconocer la diana tumoral, pero el resto de la molécula se asemejaba mucho más a una proteína humana. Esto hizo que el organismo los tolerara mejor y les permitió circular el tiempo suficiente para ejercer su efecto.

A partir de ese momento, llegó la pregunta clave, a inicios de los 2000:¿Existe un anticuerpo capaz de llevar pegado un fármaco muy potente y soltarlo sólo dentro de esa célula cancerosa?

Esta es la base de los anticuerpos conjugados. Un ADC combina tres elementos: el anticuerpo (que reconoce la célula tumoral), una carga activa muy potente (por ejemplo, una quimioterapia concentrada) y un enlazador químico que mantiene ambas partes unidas hasta llegar al tumor. 

Molecula ADC

El mecanismo funciona así: el anticuerpo se engancha a la diana que está en la célula tumoral; la célula absorbe ese conjunto; una vez dentro, el enlazador se rompe y libera la carga tóxica, que destruye la célula desde dentro. Es como un disparo de precisión, no un daño generalizado. A partir del año 2000 se aprobaron los primeros ADC, sobre todo para cánceres hematológicos. Eran modelos iniciales y, en algunos casos, la carga se soltaba demasiado pronto en la sangre, pero aun así demostraron que la idea funcionaba.

Entre 2010 y 2013 la tecnología se volvió clínicamente madura en tumores sólidos, incluido el cáncer de mama. Se mejoraron los enlazadores (más estables) y las cargas activas (muy potentes dentro del tumor y más controladas fuera). [3]

En 2013 se aprobó trastuzumab emtansina (T-DM1 o Kadcyla) para el cáncer de mama HER2+, este tratamiento permitió frenar la enfermedad y prolongar la supervivencia con menos daño global que la quimioterapia clásica. A partir de ese momento, los ADC dejaron de ser vistos como experimentales y pasaron a considerarse una nueva clase terapéutica oncológica

 

El futuro de los ACD en la lucha contra el cáncer de mama

En la actualidad, los anticuerpos conjugados forman parte real del tratamiento del cáncer de mama avanzado. Se utilizan en tumores HER2+, en tumores con HER2 bajo o ultrabajo y en cáncer de mama triple negativo metastásico. No eliminan los efectos secundarios —ningún tratamiento oncológico lo hace—, pero representan un cambio profundo: de una toxicidad repartida por todo el cuerpo a un ataque dirigido célula a célula. Cincuenta años después de la pregunta inicial “¿Es posible fabricar una proteína que reconozca sólo una diana concreta?”, la respuesta ha pasado de ser un experimento de laboratorio a ser práctica clínica.

 

Referencias

[1] Chan AC, Martyn GD, Carter PJ. Fifty years of monoclonals: the past, present and future of antibody therapeutics. Nat Rev Immunol. 2025 Oct;25(10):745-765. doi: 10.1038/s41577-025-01207-9.

[2] Madej B, Tomaszewski F, Szmajda-Krygier D, Świechowski R, Jeleń A, Mirowski M. Monoclonal Antibodies: Historical Perspective and Current Trends in Biological Drug Development. Int J Mol Sci. 2025 Sep 10;26(18):8794. doi: 10.3390/ijms26188794. 

[3] Michael J Birrer, Kathleen N Moore, Ilaria Betella, Richard C Bates, Antibody-Drug Conjugate-Based Therapeutics: State of the Science, JNCI: Journal of the National Cancer Institute, Volume 111, Issue 6, June 2019, Pages 538–549, https://doi.org/10.1093/jnci/djz035

 

Imma Grau 100Laura Aznar Grau
Comunicadora y especialista en estrategias de crecimiento orgánico en redes sociales. Community manager en Xemio.